Hace ya algunos años —1997, tal vez— me encontré al teléfono con la voz inconfundible de Lalo, mi querido amigo de infancia, a quien no veía desde 1973. Me había divisado en el edificio Santiago Dos Mil, pero en ese momento no se acercó. Yo era entonces el arquitecto y representante técnico de la Inmobiliaria Dos Mil; él, parte del grupo de los “ternos de gris” de Enersis, parecidos a los actuales “ternos de negro” que transitan por Isidora Goyenechea, en Vitacura. Ahí, a cada paso, un restaurante con carta exótica; ellos, asiduos al after office, en un paisaje de edificios modernos que se admiran desde amplias veredas sin carteles molestos, sin banderas partidarias, sin papeles volando —solo los pendones de la oferta—. Los “ternos negros” son presuntos importantes o simples juniors y gerentes de cualquier cosa; se parecen en esas avenidas donde se respira éxito: bronceado de spa, endeudamiento selectivo y marca en los zapatos.
En 1994, Lalo ya formaba parte del grupo de financistas de la Inmobiliaria Santiago Dos Mil. Es probable que yo lo haya visto de reojo sin percatarme. Al concluir los edificios, suelen aparecer los inversionistas a observar lo que prometieron vender. Recuerdo un grupo de grises con cascos blancos de visita; tal vez él estaba ahí.Tras su llamada, quedamos de juntarnos. El día acordado, en su oficina: un encantador edificio patrimonial del centro histórico, segundo piso, Enersis.
Dejé mi carné retenido en recepción, como en los tiempos de la dictadura. Su secretaria —hermosa, de manos cuidadas, cabello liso rubio verdadero, brillante y sedoso, como en los comerciales de televisión— me esperaba. Era bella, elástica, fina. Vestía con el gusto franco y chato de la institución: chaqueta y falda de lino crudo azul, blusa de seda natural blanca con flores tenues, zapatos Gucci beige con correas que enlazaban sus tobillos. Pensé: “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”. Se acercó con trancos sigilosos de leona, recibiéndome como a un primer ministro. Sus modales decían que siempre atendía a gente importante. Y me vino otro pensamiento: “¡Crestas! ¿Estaré vestido para la ocasión? Parece que este huevón del Lalo es un gerentón aquí en Enersis”.
La oficina tenía cuatro metros de altura, lámparas de estilo, grandes sillones de cuero negro sobre una alfombra que sospeché persa, vista al hall central y esquina oriente. Disposición a dos puntos cardinales y cuatro bocacalles. Oficina de poderoso.
Lalo me sonrió como siempre, aunque esta vez con dientes más amarillos. Seguía usando botas Beatles —hoy se las mandan hacer a mano en el centro—. Nos saludamos sin abrazarnos, nos miramos de arriba abajo para ver qué había hecho la vida con nuestros cuerpos desde antes de la universidad. “¡Estás igual!”. La verdad: él sí estaba igual. Fumaba los Lucky Strike sin filtro de siempre y, asombrosamente, sin perder un pelo. Me sentí levemente cohibido al hundirme en el sillón de cuero. No estábamos al mismo nivel que cuando éramos niños.
—Esta porquería de diario no la leo —dijo, refiriéndose al Diario Financiero—. ¿Tú crees que le hago caso?Después descubriría que él estaba entre los que dieron la pauta financiera del país durante 17 años. ¡Para qué quería el Diario Financiero!
Cruzamos al estacionamiento privado en pleno centro, en un edificio hoy monumento nacional. Eran las 20:33. Me explicó que su auto era “normal”. No entendí a qué se refería. Mientras íbamos al restaurante al que yo lo había invitado —punto importante en esta causa—, resumimos nuestras vidas.—Me casé con Sonia, ¿te acuerdas? La de pelito negro. Tengo tres hijos, vivo en Providencia.En mi narración se me escapó, por la prudencia aprendida en dictadura: “…desde el pronunciamiento militar…”.—Vaya, veo que no lo llamas golpe militar, como los izquierdistas —me espetó con una risotada desde su estómago apretado, como para no soltar gases—. Viejo querido, estuve en Italia tres meses de vacaciones, buscando los orígenes de mi familia.—Pucha la suerte tuya, yo todavía tengo mi viaje pendiente.—Florencia, Venecia, Milán, Roma, Burano, Murano, Zutano y Mengano… Ahora vengo llegando de España. Otro mes. Fuimos con José y unos amigos, todos con sus señoras. La Casa Milá, Toledo, Madrid…Yo trataba de estar a su nivel. Con mi base de datos histórica de arquitectura, conozco hasta la dirección de los vientos en la Torre Eiffel, el ascensor y el menú del sábado de su restaurante sin haber pisado el monumento a los remaches.
Hablamos de arquitectura de igual a igual hasta que empezó a contarme de sus gestiones. Meses después caí: Enersis España, acciones… El José era José Yuraszeck, el famoso zar de la electricidad, ideólogo del Cinturón Energético. Yo no tenía idea. Ni siquiera distingo un alambre de un cable, un cordón, un conductor o un alimentador. Menos iba a entender lo que estuvo detrás de la sublime Operación Chispas de José. Sí sé que me da la corriente cada vez que pago la cuenta de la luz.
El zar llegó como ejecutivo menor a la vieja Chilectra, empresa nacida de CORFO —la corporación estatal que en 1939 inició la industrialización del país con ENAP (petróleo), ENAMI (minería), ENDESA (electricidad y aguas), CAP (acero), IANSA (azúcar), SOQUIMICH (salitre) y que sirvieron de modelo para CTC (telefonía), EFE (ferrocarriles), LAN (aviación), etc.
Durante el gobierno militar empezaron las privatizaciones a puertas cerradas de las “empresas estratégicas”. ¿Cómo convencieron a los militares de rematarlas al mejor postor? Es un enigma oscuro que no puedo dilucidar… (Lo de “mejor postor” es un descuido elegante; lo de “oscuro enigma”, también. Era para no hablar de los fondos de retiro que acaudaló Pinochet).
Fue el inicio de la expropiación del patrimonio nacional: algo así como dos mil millones de dólares de entonces. Los propios funcionarios iniciaron las licitaciones, adjudicadas por ínfimas sumas o con sus propias deudas como garantía. El país era una tierra de calladitos que no decían nada contra esos grandes negocios. Veían que gente estupenda como el zar y sus amistades ideaban negocios fabulosos. Algunos mal pensados los ven hoy como enriquecimiento personal. No puede ser. Los tratan de robo sin arrugarse. No entienden que eran tiempos de nueva savia empresarial: gente surgida de la nada que terminó con dineros en sus cuentas gracias a sus atributos personales. Era lo que menos merecía esa nueva estirpe.Hoy nadie quiere comprender que fue una hazaña. Se crearon nuevas fortunas: gente que empezó a comprar ropa elegante, peinarse mejor, oler mejor y subirse en mejores autos. Había que crear una clase empresarial competitiva, ¿no? No importa que partiera con ventaja. A mí también me gustaría ser competitivo si me dejan la meta frente a la nariz. Creo que esta es la piedra fundacional de la que se habla.
Es paradójico que los militares —al igual que algunas tesis marxistas que atribuían a la propiedad estatal la solución de todos los problemas— pensaran que la privatización total era la panacea de la eficiencia. Así se privatizaron no solo las empresas estatales, sino la educación, la salud, los transportes, la previsión, la tierra, la energía y las aguas. Pusieron al servicio del modelo todos los recursos del Estado, imponiéndolo por la fuerza sin consensos, beneficiando a un pequeño sector. La verdad la tiene el poder.
—¿Te acuerdas del Marcos García? —me interrumpe Lalo al ver que mis ojos divagaban.—¿García de la Huerta?—No, viejo… —Y siguió hablando de ese Marcos García.—No querís que te haga una casita DFL 2, te la puedo hacer crecedorcita para que no pagues impuestos.—No gracias. Ya tengo mi arquitecto que me está construyendo una en el loteo Quinchamalí. ¿Lo ubicas?—Para nada.Años después diseñé la casa más elegante de mi carrera en ese loteo. ¡Me quedó de revista! Ese cliente sí que no quería pagar impuestos.
Le pedí que agradeciera a su madre por recibirnos todos los sábados durante cuatro años de enseñanza media, onces sin fallar. Nuestros caminos se disolvieron al entrar a la universidad.
Lalo vive hoy con toda su familia —incluidos sus padres y sus dos hermanos mayores: el antipático decano de Economía de la Adolfo Ibáñez y el simpático marino mercante que nos abastecía de discografía Beat y Pop en los 70, cuando no había nada disponible en Chile—. Recordamos discusiones políticas: él, democratacristiano furibundo beatlemaníaco; yo, de Izquierda Cristiana, copión de Punto Final, lector voraz de Quimantú y también beatlemaníaco furibundo (de donde derivan los ciclistas furiosos).
Días después del golpe me visitó en Quilpué con su primo. Al despedirse: “¡Cuídate!”. Ahí descubrí que podía ser víctima de la represión. Y que estaba en el bando de los perdedores.
Hoy, entre vinos y ostiones, hablamos de Beatles (siempre), Led Zeppelin (entonamos Whole Lotta Love), Pink Floyd, Piazzolla (“¿te acuerdas que te decía que era tango?”), ELO, Serrat (“¿te acuerdas que te decía que era poesía?”), Yes, Sui Generis, Jethro Tull, Moody Blues, Rolling Stones, Blondie (“¿viste que Rapture dio origen al rap?”), Queen, Police… y el colesterol o los taninos.
Mi gran amigo de infancia. Partidura al lado izquierdo. Católico de misa diaria. ¡Qué inmensa alegría verlo! Sospeché que ya era UDI, pero no quise comentarios políticos.Para no seguir en vaguedades de infancia, le dije de sopetón:—Lalo, te vine a ver por lo que salió en los diarios. Te acusan junto a Yuraszeck y otros de negocios ilícitos con las acciones Chispas. Según la prensa, multa de 15 millones de dólares. ¿No te irás preso, no?—No te preocupes. Seguiremos apelando hasta que se aburran, se olviden o muramos.(No sé por qué me acordé de una canción del Che: “Seguiremos adelante…”)—¿Pero cómo pudieron enriquecerse tanto? Una multa de 15 millones es mucho para una persona.—Ya te salió la cosa castrocomunista de tu delirio izquierdista.—No empieces, Lalo. Esto es serio. ¿Quién soy yo para no alegrarme de tu éxito? ¡Cómo no voy a estar contento de que te haya ido bien! Que te casaras con la mujer que amabas, que estés con tus padres y hermanos. Creo que la Corte Suprema se equivocó. Pero, ¿no crees que es mucha fortuna para un solo individuo? Piensa en grande, generosamente. ¿Algo en tu corazón no te dice que algo está mal? Que no se puede acumular tanto para uno solo… No quiero juzgarte, perdona.Me miró con dulzura:—¿Te acuerdas de Ortega y Gasset y la frase que vociferaba el chico Cromacio Díaz de Alda y Urzúa?Nuestros ojos se iluminaron y repetimos a coro:—¡Yo y mis circunstancias!—Mis circunstancias se dieron cuando llegué a ese grupo. Me asimilé a ellos, a sus costumbres, hábitos y actos. Era mi grupo. Aún lo es. Nos estamos emparentando.—Lalo… ¿y el apetito por las virtudes? También de Ortega.—No menos que la justicia, la belleza o la virtud… la vida vale por sí misma. ¿Te acuerdas? También de Ortega.Claro que me acordaba. Lalo siempre tuvo respuestas para todo. Buen oído, el mejor equipo de sonido de los 70, buen mozo, inteligente, bueno para la pelota. Ahora, millonario. Una vida exitosa.
Leí un artículo de Nibaldo Mosciatti que dice: “¿Por qué poner ahora en la picota a las privatizaciones de la dictadura si quienes se hicieron de esas empresas fueron agasajados en cenas oficiales, invitados a giras presidenciales, palmoteados en cócteles, abrazados en las páginas sociales? Legitimados y lavados de su supuesto ‘pecado’ privatizador. El oficialismo concertacionista debiera mirarse la cara, ver las ojeras del trasnoche y la barriga hinchada por los ágapes en que se palmotearon, se abrazaron, se fotografiaron y volaron con los que hoy pretenden crucificar. En una de ésas, sienten náuseas. No por la resaca. Sino por ellos mismos”.Sí, le encuentro razón al pelado. No tenemos derecho a ponerlos en la picota. Nunca. Y yo menos que nadie.
Buena cena. Me dejó en casa en su auto “normal”. Le conté que me estaba comprando una casa parecida a la de sus papás en Villa Alemana. Para que no creyera que me había ido mal. ¡Qué huevón es uno a veces!
Los recuerdos fueron primorosos. Recordamos tocar en el garaje de su casa con los Cuervos (los hermanos Del Canto: Reggie y Germán). Él recordó que yo tocaba en un órgano eléctrico la versión en vivo de In-A-Gadda-Da-Vida de Iron Butterfly, cantando a todo pulmón con el tono más bajo posible: “In a ca ba da vida…”.
Inacabada vida. Vida aplazada. Vida pendiente. Diferida. Inconclusa. Mi vida no habría estado completa sin esta conversación con quien fue, lejos, mi mejor amigo de infancia.
Me contó que se estaba haciendo en su casa una sala para pool y otra para música (no, eso no era para DFL 2). ¿Lo habré mirado por debajo de la pierna? ¡Qué huevón es uno a veces!Me dejó en casa en su auto normal.—Que te vaya bien —me dijo.Ahí supe que yo seguía en el bando de los perdedores.¡Qué huevón es uno a veces!1997. . .¡ÚLTIMA HORA! Santiago, 2 de noviembre de 2006Tras casi ocho años de juicio, la Corte Suprema rechazó por tres votos contra dos los recursos de casación de un grupo de ex ejecutivos de Enersis y ratificó la multa de US$150 millones (aproximadamente, con intereses) impuesta en 1997 por la Superintendencia de Valores y Seguros —la mayor de su historia—. Los afectados: José Yuraszeck (ex gerente general de Enersis), Marcos Zylberberg, Fernando Mackenna (fallecido), Arsenio Molina, Marcelo Brito y Eduardo Gardella… ¡El Lalo!Karl Marx rechaza desdeñosamente la fábula infantil que ve en la superior inteligencia, el espíritu de trabajo y el ahorro la causa de que algunos se conviertan en capitalistas.Esta frase se la repetí varias veces a Lalo en 1972 y 1973 mientras discutíamos nuestras diferencias políticas. Siempre me dijo que estaba equivocado, que me gustaba nivelar para abajo, que no creía en el individuo ni en su capacidad de emprender. Casi me convenció…Pero éramos tan niños… y el Lalo nunca pensó en grande.
En 1994, Lalo ya formaba parte del grupo de financistas de la Inmobiliaria Santiago Dos Mil. Es probable que yo lo haya visto de reojo sin percatarme. Al concluir los edificios, suelen aparecer los inversionistas a observar lo que prometieron vender. Recuerdo un grupo de grises con cascos blancos de visita; tal vez él estaba ahí.Tras su llamada, quedamos de juntarnos. El día acordado, en su oficina: un encantador edificio patrimonial del centro histórico, segundo piso, Enersis.
Dejé mi carné retenido en recepción, como en los tiempos de la dictadura. Su secretaria —hermosa, de manos cuidadas, cabello liso rubio verdadero, brillante y sedoso, como en los comerciales de televisión— me esperaba. Era bella, elástica, fina. Vestía con el gusto franco y chato de la institución: chaqueta y falda de lino crudo azul, blusa de seda natural blanca con flores tenues, zapatos Gucci beige con correas que enlazaban sus tobillos. Pensé: “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”. Se acercó con trancos sigilosos de leona, recibiéndome como a un primer ministro. Sus modales decían que siempre atendía a gente importante. Y me vino otro pensamiento: “¡Crestas! ¿Estaré vestido para la ocasión? Parece que este huevón del Lalo es un gerentón aquí en Enersis”.
La oficina tenía cuatro metros de altura, lámparas de estilo, grandes sillones de cuero negro sobre una alfombra que sospeché persa, vista al hall central y esquina oriente. Disposición a dos puntos cardinales y cuatro bocacalles. Oficina de poderoso.
Lalo me sonrió como siempre, aunque esta vez con dientes más amarillos. Seguía usando botas Beatles —hoy se las mandan hacer a mano en el centro—. Nos saludamos sin abrazarnos, nos miramos de arriba abajo para ver qué había hecho la vida con nuestros cuerpos desde antes de la universidad. “¡Estás igual!”. La verdad: él sí estaba igual. Fumaba los Lucky Strike sin filtro de siempre y, asombrosamente, sin perder un pelo. Me sentí levemente cohibido al hundirme en el sillón de cuero. No estábamos al mismo nivel que cuando éramos niños.
—Esta porquería de diario no la leo —dijo, refiriéndose al Diario Financiero—. ¿Tú crees que le hago caso?Después descubriría que él estaba entre los que dieron la pauta financiera del país durante 17 años. ¡Para qué quería el Diario Financiero!
Cruzamos al estacionamiento privado en pleno centro, en un edificio hoy monumento nacional. Eran las 20:33. Me explicó que su auto era “normal”. No entendí a qué se refería. Mientras íbamos al restaurante al que yo lo había invitado —punto importante en esta causa—, resumimos nuestras vidas.—Me casé con Sonia, ¿te acuerdas? La de pelito negro. Tengo tres hijos, vivo en Providencia.En mi narración se me escapó, por la prudencia aprendida en dictadura: “…desde el pronunciamiento militar…”.—Vaya, veo que no lo llamas golpe militar, como los izquierdistas —me espetó con una risotada desde su estómago apretado, como para no soltar gases—. Viejo querido, estuve en Italia tres meses de vacaciones, buscando los orígenes de mi familia.—Pucha la suerte tuya, yo todavía tengo mi viaje pendiente.—Florencia, Venecia, Milán, Roma, Burano, Murano, Zutano y Mengano… Ahora vengo llegando de España. Otro mes. Fuimos con José y unos amigos, todos con sus señoras. La Casa Milá, Toledo, Madrid…Yo trataba de estar a su nivel. Con mi base de datos histórica de arquitectura, conozco hasta la dirección de los vientos en la Torre Eiffel, el ascensor y el menú del sábado de su restaurante sin haber pisado el monumento a los remaches.
Hablamos de arquitectura de igual a igual hasta que empezó a contarme de sus gestiones. Meses después caí: Enersis España, acciones… El José era José Yuraszeck, el famoso zar de la electricidad, ideólogo del Cinturón Energético. Yo no tenía idea. Ni siquiera distingo un alambre de un cable, un cordón, un conductor o un alimentador. Menos iba a entender lo que estuvo detrás de la sublime Operación Chispas de José. Sí sé que me da la corriente cada vez que pago la cuenta de la luz.
El zar llegó como ejecutivo menor a la vieja Chilectra, empresa nacida de CORFO —la corporación estatal que en 1939 inició la industrialización del país con ENAP (petróleo), ENAMI (minería), ENDESA (electricidad y aguas), CAP (acero), IANSA (azúcar), SOQUIMICH (salitre) y que sirvieron de modelo para CTC (telefonía), EFE (ferrocarriles), LAN (aviación), etc.
Durante el gobierno militar empezaron las privatizaciones a puertas cerradas de las “empresas estratégicas”. ¿Cómo convencieron a los militares de rematarlas al mejor postor? Es un enigma oscuro que no puedo dilucidar… (Lo de “mejor postor” es un descuido elegante; lo de “oscuro enigma”, también. Era para no hablar de los fondos de retiro que acaudaló Pinochet).
Fue el inicio de la expropiación del patrimonio nacional: algo así como dos mil millones de dólares de entonces. Los propios funcionarios iniciaron las licitaciones, adjudicadas por ínfimas sumas o con sus propias deudas como garantía. El país era una tierra de calladitos que no decían nada contra esos grandes negocios. Veían que gente estupenda como el zar y sus amistades ideaban negocios fabulosos. Algunos mal pensados los ven hoy como enriquecimiento personal. No puede ser. Los tratan de robo sin arrugarse. No entienden que eran tiempos de nueva savia empresarial: gente surgida de la nada que terminó con dineros en sus cuentas gracias a sus atributos personales. Era lo que menos merecía esa nueva estirpe.Hoy nadie quiere comprender que fue una hazaña. Se crearon nuevas fortunas: gente que empezó a comprar ropa elegante, peinarse mejor, oler mejor y subirse en mejores autos. Había que crear una clase empresarial competitiva, ¿no? No importa que partiera con ventaja. A mí también me gustaría ser competitivo si me dejan la meta frente a la nariz. Creo que esta es la piedra fundacional de la que se habla.
Es paradójico que los militares —al igual que algunas tesis marxistas que atribuían a la propiedad estatal la solución de todos los problemas— pensaran que la privatización total era la panacea de la eficiencia. Así se privatizaron no solo las empresas estatales, sino la educación, la salud, los transportes, la previsión, la tierra, la energía y las aguas. Pusieron al servicio del modelo todos los recursos del Estado, imponiéndolo por la fuerza sin consensos, beneficiando a un pequeño sector. La verdad la tiene el poder.
—¿Te acuerdas del Marcos García? —me interrumpe Lalo al ver que mis ojos divagaban.—¿García de la Huerta?—No, viejo… —Y siguió hablando de ese Marcos García.—No querís que te haga una casita DFL 2, te la puedo hacer crecedorcita para que no pagues impuestos.—No gracias. Ya tengo mi arquitecto que me está construyendo una en el loteo Quinchamalí. ¿Lo ubicas?—Para nada.Años después diseñé la casa más elegante de mi carrera en ese loteo. ¡Me quedó de revista! Ese cliente sí que no quería pagar impuestos.
Le pedí que agradeciera a su madre por recibirnos todos los sábados durante cuatro años de enseñanza media, onces sin fallar. Nuestros caminos se disolvieron al entrar a la universidad.
Lalo vive hoy con toda su familia —incluidos sus padres y sus dos hermanos mayores: el antipático decano de Economía de la Adolfo Ibáñez y el simpático marino mercante que nos abastecía de discografía Beat y Pop en los 70, cuando no había nada disponible en Chile—. Recordamos discusiones políticas: él, democratacristiano furibundo beatlemaníaco; yo, de Izquierda Cristiana, copión de Punto Final, lector voraz de Quimantú y también beatlemaníaco furibundo (de donde derivan los ciclistas furiosos).
Días después del golpe me visitó en Quilpué con su primo. Al despedirse: “¡Cuídate!”. Ahí descubrí que podía ser víctima de la represión. Y que estaba en el bando de los perdedores.
Hoy, entre vinos y ostiones, hablamos de Beatles (siempre), Led Zeppelin (entonamos Whole Lotta Love), Pink Floyd, Piazzolla (“¿te acuerdas que te decía que era tango?”), ELO, Serrat (“¿te acuerdas que te decía que era poesía?”), Yes, Sui Generis, Jethro Tull, Moody Blues, Rolling Stones, Blondie (“¿viste que Rapture dio origen al rap?”), Queen, Police… y el colesterol o los taninos.
Mi gran amigo de infancia. Partidura al lado izquierdo. Católico de misa diaria. ¡Qué inmensa alegría verlo! Sospeché que ya era UDI, pero no quise comentarios políticos.Para no seguir en vaguedades de infancia, le dije de sopetón:—Lalo, te vine a ver por lo que salió en los diarios. Te acusan junto a Yuraszeck y otros de negocios ilícitos con las acciones Chispas. Según la prensa, multa de 15 millones de dólares. ¿No te irás preso, no?—No te preocupes. Seguiremos apelando hasta que se aburran, se olviden o muramos.(No sé por qué me acordé de una canción del Che: “Seguiremos adelante…”)—¿Pero cómo pudieron enriquecerse tanto? Una multa de 15 millones es mucho para una persona.—Ya te salió la cosa castrocomunista de tu delirio izquierdista.—No empieces, Lalo. Esto es serio. ¿Quién soy yo para no alegrarme de tu éxito? ¡Cómo no voy a estar contento de que te haya ido bien! Que te casaras con la mujer que amabas, que estés con tus padres y hermanos. Creo que la Corte Suprema se equivocó. Pero, ¿no crees que es mucha fortuna para un solo individuo? Piensa en grande, generosamente. ¿Algo en tu corazón no te dice que algo está mal? Que no se puede acumular tanto para uno solo… No quiero juzgarte, perdona.Me miró con dulzura:—¿Te acuerdas de Ortega y Gasset y la frase que vociferaba el chico Cromacio Díaz de Alda y Urzúa?Nuestros ojos se iluminaron y repetimos a coro:—¡Yo y mis circunstancias!—Mis circunstancias se dieron cuando llegué a ese grupo. Me asimilé a ellos, a sus costumbres, hábitos y actos. Era mi grupo. Aún lo es. Nos estamos emparentando.—Lalo… ¿y el apetito por las virtudes? También de Ortega.—No menos que la justicia, la belleza o la virtud… la vida vale por sí misma. ¿Te acuerdas? También de Ortega.Claro que me acordaba. Lalo siempre tuvo respuestas para todo. Buen oído, el mejor equipo de sonido de los 70, buen mozo, inteligente, bueno para la pelota. Ahora, millonario. Una vida exitosa.
Leí un artículo de Nibaldo Mosciatti que dice: “¿Por qué poner ahora en la picota a las privatizaciones de la dictadura si quienes se hicieron de esas empresas fueron agasajados en cenas oficiales, invitados a giras presidenciales, palmoteados en cócteles, abrazados en las páginas sociales? Legitimados y lavados de su supuesto ‘pecado’ privatizador. El oficialismo concertacionista debiera mirarse la cara, ver las ojeras del trasnoche y la barriga hinchada por los ágapes en que se palmotearon, se abrazaron, se fotografiaron y volaron con los que hoy pretenden crucificar. En una de ésas, sienten náuseas. No por la resaca. Sino por ellos mismos”.Sí, le encuentro razón al pelado. No tenemos derecho a ponerlos en la picota. Nunca. Y yo menos que nadie.
Buena cena. Me dejó en casa en su auto “normal”. Le conté que me estaba comprando una casa parecida a la de sus papás en Villa Alemana. Para que no creyera que me había ido mal. ¡Qué huevón es uno a veces!
Los recuerdos fueron primorosos. Recordamos tocar en el garaje de su casa con los Cuervos (los hermanos Del Canto: Reggie y Germán). Él recordó que yo tocaba en un órgano eléctrico la versión en vivo de In-A-Gadda-Da-Vida de Iron Butterfly, cantando a todo pulmón con el tono más bajo posible: “In a ca ba da vida…”.
Inacabada vida. Vida aplazada. Vida pendiente. Diferida. Inconclusa. Mi vida no habría estado completa sin esta conversación con quien fue, lejos, mi mejor amigo de infancia.
Me contó que se estaba haciendo en su casa una sala para pool y otra para música (no, eso no era para DFL 2). ¿Lo habré mirado por debajo de la pierna? ¡Qué huevón es uno a veces!Me dejó en casa en su auto normal.—Que te vaya bien —me dijo.Ahí supe que yo seguía en el bando de los perdedores.¡Qué huevón es uno a veces!1997. . .¡ÚLTIMA HORA! Santiago, 2 de noviembre de 2006Tras casi ocho años de juicio, la Corte Suprema rechazó por tres votos contra dos los recursos de casación de un grupo de ex ejecutivos de Enersis y ratificó la multa de US$150 millones (aproximadamente, con intereses) impuesta en 1997 por la Superintendencia de Valores y Seguros —la mayor de su historia—. Los afectados: José Yuraszeck (ex gerente general de Enersis), Marcos Zylberberg, Fernando Mackenna (fallecido), Arsenio Molina, Marcelo Brito y Eduardo Gardella… ¡El Lalo!Karl Marx rechaza desdeñosamente la fábula infantil que ve en la superior inteligencia, el espíritu de trabajo y el ahorro la causa de que algunos se conviertan en capitalistas.Esta frase se la repetí varias veces a Lalo en 1972 y 1973 mientras discutíamos nuestras diferencias políticas. Siempre me dijo que estaba equivocado, que me gustaba nivelar para abajo, que no creía en el individuo ni en su capacidad de emprender. Casi me convenció…Pero éramos tan niños… y el Lalo nunca pensó en grande.