La tarea...

La gente grita que quiere un futuro mejor, pero el futuro es un vacío indiferente, mientras que el pasado está lleno de vida.

Su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo.

Todos quieren hacer de la memoria un laboratorio para retocar las fotografías y rescribir las biografías y la historia.

Kristin Scott Thomas





Por Avenida Operá, subo su levísima pendiente hacia el edificio que nombra la avenida. Voy hacia mi hotel recogiendo detalles de muros, pavimentos y gente que deambula distraída o con la mente fija en el punto de llegada. 

Viene hacia mí una dama con un amplio abrigo negro. Abierto flamea,  enmarcando su cuerpo. Es una mujer madura y de estatura bajo mis ojos, a pesar de sus altos tacones de zapatos negros. Delgadísima, frágil, su melena es oscura y lisa y corta, como casi todas las mujeres de su edad, su frente amplia y redonda, sus ojos verdes desnudan una mirada intensa y tímida. Nada parecido a la bronceada actriz de El Paciente Inglés, pero es ella; la protagonista; Kristin Scott Thomas. Pasa. No lo puedo creer.

Cierro los ojos para sentir su aroma, pero el viento borra toda huella y sólo me queda su brisa en la mejilla y la imagen -  la del cine ahora -  apretada por la pasión contra un muro de barro en El Cairo  antes de viajar, ya muerta, en el monomotor con su bufanda al viento de un  cielo sin nubes y atravesando un desierto interminable, donde nadie querría morir.

Ella, protagonista ahora de mi cortometraje, es una ciudadana más; tal vez de compras de carteras Louis Vuitton o souvenires, que pasa a mi lado en un día cualquiera por una avenida de París. 5 de Mayo del 2011 a la hora del crepúsculo, cuando no imaginas encontrar de sopetón su largo y delgado cuello y esos ojos melancólicos. 

La convexidad del cuello de Kristin Scott Thomas, bautizada como El Bósforo de Almasy, es un símbolo de erotismo refinado y lo es - doy fe - del cual muy pocas damas pueden presumir.

Me doy vuelta para mantener ese segundo en que la reconocí, pero ya está a más de diez metros. Lo suficiente como para no alcanzar a pronunciar palabras y perderse para siempre en la multitud distraída en vanidades y cansancio. Sus tobillos eran delgados y su paso seguro.

Las mujeres de espalda son todas iguales a menos que de ellas tengas una historia que contar, por leve y fugaz que sea. Ese amplio abrigo negro en la multitud, sobre el que se balanceó una corta melena oscura lo reconoceré siempre.

Con el tiempo se agigantará el instante, lo sé; lo cual demuestra lo inasible e inconmensurable del tiempo en la palabra fugaz.

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