La tarea...

La gente grita que quiere un futuro mejor, pero el futuro es un vacío indiferente, mientras que el pasado está lleno de vida.

Su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo.

Todos quieren hacer de la memoria un laboratorio para retocar las fotografías y rescribir las biografías y la historia.

METROPOLITAIN

Recuerdo muy bien la primera vez que pisé las calles de Montmartre y cuando subí a la nube en que volaban Cézanne, Degás, Picasso. 


Miré los escalones y ascendí para tocar la puerta de la casa donde estaba Satie componiendo sus minimalistas; Gimnopedias. 

Alguien me miraba desde la ventana del hambre de César Vallejo. 

Recuerdo también los cafés con sus mesas dispuestas para mirar, el descenso hacia Pigalle, Toulouse Lautrec pintando también en el Lapin Agile, las putas y los chorizos con pan rodeando la entrada al METROPOLITAIN, el color de los neones en las puertas de los burdeles, el aroma de las crêpes con caramelo y chocolate. 
Recuerdo haber entrado a uno de esos bares históricos, con un borracho impertinente y con algunas damas recostadas en la barra de madera y reflejadas en los espejos. 
Todo estaba saturado con ese olor de colillas apretadas por los labios. Había música. Todo me era familiar y unas lágrimas, corroboraron que el castillo de arena construido por París en mi mente, no se desplomaba. Esos muros de arena eran amalgamadas por una voz; la voz de Piaf desafiando la ley de la gravedad, la misma que sostiene cada una de esas mujeres tan pintarrajeadas como si hubieran escapado del Folies-Bergère, como las de esas, hermosas siempre, que todavía merodean el Moulin Rouge. 
La marginación, el gorjeo de esa voz, la melancolía, el dolor, la admiración y el desespero. La fuerza absoluta de la verdad en ese canto, el descaro, el insulto y la vida de calle... Y no. No. De nada, No se lamenta de nada, ni el bien que le han hecho, ni el mal. Todo eso le da igual. Se vuelve a empezar siempre, desde París.


Cada día comenzamos de cero y desde ese viaje a la ciudad donde hubiera deseado nacer; mi cero original, como un martilleo insolente, suele estar en una canción de Edith Piaf que rebota en sus muros.

1 comentario:

Beatriz dijo...

¡Sublime! Es lo que busqué en sus calles y volveré este otoño de Paris a buscar.